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  • Jesus Orduña
  • 14 jul
  • 4 Min. de lectura

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Cuando hablamos de diseño urbano y planificación de las ciudades encontramos una tensión que abarca dos escalas de instancias muy diversas, las cuales nos describe el arquitecto danés Jan Gehl en su libro Ciudades para la gente (2014). La escala mayor, la cual se refiere al tratamiento holístico y globalizador de la ciudad, referente a los distritos, los servicios y las infraestructuras de transporte, aquello que podría mirarse desde una perspectiva aérea. Del otro lado de la tensión, está la escala pequeña, la del paisaje humano, el ámbito donde surge la imagen de la ciudad que como habitantes experimentamos a la altura del ojo. Gehl describe de una manera muy concreta esta dualidad: “La arquitectura de los 60km por hora vs la arquitectura de los 5km por hora”. También existe una escala intermedia, aquella referente al proyecto o los sectores individuales o distritos de la ciudad, la forma en cómo se organiza el espacio urbano. El buen planteamiento urbano requiere de un trabajo coordinado entre las tres escalas.



El Movimiento Moderno

Este objetivo entró en tensión con la ideología del modelo urbano que nació con el Movimiento Moderno, el cual se enfoca más en los edificios que en lo holístico y el espacio urbano. Principalmente esto ocurre debido a que las prioridades se ordenan de la siguiente forma: primero se toman en cuenta los límites de la ciudad, después los edificios y finalmente el espacio urbano que se forma. A lo largo de los años, se ha comprobado que este método no funciona para establecer condiciones que alienten a las personas a usar el espacio urbano y mejorar la calidad de vida.


“En la mayor parte de las ciudades contemporáneas, la dimensión humana está ausente”



El Síndrome de Brasilia

Podemos usar el ejemplo de Brasilia, una ciudad planeada y desarrollada en 1956 basada en el proyecto del arquitecto brasileño Lucio Costa. Desde una perspectiva aérea se puede considerar como una “bella composición” que se basa en el diseño de un águila, donde el sector gubernamental es la cabeza y el área residencial las alas. Sin embargo, a la altura del ojo, “la propuesta para la gente en Brasilia es un abyecto fracaso. El espacio urbano es demasiado grande y no alienta a hacer nada, los senderos son demasiado largos, rectos y poco interesantes, mientras que la presencia de los automóviles estacionados evita que las personas puedan caminar en el resto de la ciudad.” (Gehl, J, 2014).



La Dimensión Humana

Es justo en esta tensión de la escala mayor y la escala menor de las urbes donde también podemos encontrar otra dualidad, ¿ciudades hechas para los peatones o para los automóviles?


Una de las acciones que debemos generar desde la arquitectura y el urbanismo para asegurar una mejor versión de la ciudad y por ende de sus sociedades es precisamente recuperar su dimensión humana. Como consecuencia de esto se convertirán en ciudades más sostenibles, sanas y seguras. “Primero la vida, luego el espacio y, por último, los edificios-en ese orden” (Gehl, J, 2014).



Vida, espacio y edificios

Esta conciencia cada vez mayor en la época actual de la necesidad urgente de crear ciudades más humanas radica en la importancia de la vida que ocurre entre los edificios.


Esto quiere decir en las calles y veredas, en los diferentes espacios públicos donde tienen lugar todo tipo de actividades humanas (necesarias o de recreación), interacciones sociales y el conjunto de experiencias sensoriales que caracterizan a la vida urbana.



Una cuestión de vida o muerte

En 1961, Jane Jacobs, divulgadora científica y teórica del urbanismo, publicó su libro "Muerte y vida de las grandes ciudades", donde critica la planificación urbana de la época, especialmente en Estados Unidos. Jacobs argumenta que la modernización y renovación urbana, enfocadas en grandes proyectos y zonificación, estaban destruyendo la vitalidad y diversidad de las ciudades, afectando negativamente el espacio y la vida urbana.



Mejor espacio urbano,

mejor vida urbana



Entendiendo lo anterior, es importante generar procesos de renovación urbana donde se habiliten espacios para el peatón y se limiten espacios para el tránsito vehicular, con ello la vida urbana aumentará.

Al ofrecer mejores espacios públicos, su afluencia incrementa y con ello nuevos beneficios aparecen como la reactivación económica, aumento en la salud y seguridad de los ciudadanos, mejores índices de calidad de vida, entre otros.

Está comprobado que, al cambiar los patrones de uso urbano de una ciudad, aumenta la vida pública en ella.



Ciudades a la altura del ojo

Jan Gehl, nos describe el concepto de "la ciudad a la altura de los ojos", como la creación de entornos urbanos que priorizan la experiencia peatonal y la interacción humana, en lugar de una escala vehicular y de grandes edificios. Gehl enfatiza que las ciudades deben diseñarse para ser disfrutadas por las personas a nivel de calle, promoviendo la acción de caminar, la observación, la conversación y la interacción social. En esta parte se enfatiza la importancia de la “planta baja” y el “uso mixto” como estrategias para mejorar el espacio urbano en las ciudades.





 
 
 

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